Y ahí estás, ahí te veo...
Bebé, cantante, salto, caída. Me enojo, celos, te pego, te amo.
Vos, furia; yo, risas. Vos furia, que se desvanece... Y los dos, risas.
Y no, pará, por favor, ¡pará! ¿Qué pasó?, mejor dicho: ¿cómo pasó?, pero sobre todo: ¿cuándo pasó?
Me siento como un esquizofrénico, perdido, mareado, ajeno a mí mismo. Perdido...
Por favor, que alguien me diga cómo, cuándo... Por favor.
Siento que se me apaga la voz, se apaga al alejarse, se opaca tu imagen, se aleja, y vos... Y tu voz.
Ring, ring. Parar. Y abro los ojos, y me cuesta pero me esfuerzo: enfoco y te veo. Y ahí estás. Pero ya no como antes... Ya no no-estás, sino, que ahora estás. Y sonrío, y me sonreís. Y no dejo de sonreír porque no quiero que dejes de sonreír. Y me besas la frente y me voy... Agarro mis llaves, mi mochila, y me voy.
Me voy y mientras camino por la calle, sonrío. Me acuerdo de tu sonrisa y sonrío. Y a cada persona que me cruza en sentido contrario la miro y le digo con los ojos lo que sos. Que no hay dos como vos. Y los miro con compasión y siento pena por ellxs que no te conocen.
Y no, les juro que no exagero. Esto no es un mero texto con un exagerado contenido para publicar en algún sitio, estas no son palabras de adorno ni sentimientos perdidos, no sentidos, robados.
Esto es en serio, tan en serio como las veces que amé con el cuerpo, el alma y el tiempo. Tan en serio como nada, porque todo es relativo, todo es subjetivo; sin embargo, tengo la certeza de poder afirmar lo único certero en este (mi) mundo y en este momento: lo único en lo que toda persona puede coincidir con otra es al conocerte, nadie está eximido de tu encanto. Todo es subjetivo, pero objetivamente afirmo que sos universal. Vos y tu voz, tu sonrisa, tus holluelos y tu rubor. Tus lunares, ¡cuántos lunares!
... Vos.
domingo, 6 de enero de 2019
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