Cuando menos se lo esperaba, abrió la puerta y encontró su nota. Un hasta siempre, su nombre (ese que por siempre anhelaría) y el pedido de que se cuide. Quedó confusa, esperanzada (nunca perdía aquel sentimiento verde) y deseando que eso fuera sólo una confusión, tal vez un impulso u otra cosa, pero fuese lo que fuese deseaba que no perdurara. Y perduró, sí, pero no lo recordó cuando al entrar en el bar al que solía acudir siempre para sus tostado y café caliente se encontró con otra persona que anteriormente había perdido y aunque tampoco había olvidado, su mente le había jugado en contra y la había hecho apagar aquella esperanza que disminuía cada día. Pero sólo el verla revivió ese sentimiento enormemente y minutos después sólo se lamentaba por el tiempo que habían perdido sin saber el uno del otro; les llevaría unas horas ponerse al tanto de todo. Pasaron las horas, y conversaron de todo. Entonces volvió a su casa, con una sonrisa que difícilmente se le borraría, al menos por esa noche. Y así fue, se durmió contenta, satisfecha, un poquito más llena. El desencanto fue al otro día, cuando mientras cocinaba su almuerzo notó que aunque su vacío había sido llenado un poquito, aún quedaba más. Tal vez ese vacío quedara para siempre; pero en su interior sabía que al menos una parte de él todavía podía llenarse. Más horas, más días, más semanas... Sin embargo, no pierde la esperanza de levantarse uno de esos días que siguen corriendo y saber, sentir que es el indicado para salir a buscar aquello que haga que su vacío sea más pequeño, que sea un vacío menos vacío, un vacío más lleno.
¿Y quién te dice? Quizás ese día sea mañana . . .
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